Monday, July 6, 2009

El plan perfecto

Nunca llegaría a comprender qué locura lo había llevado a participar en el desfile, y, peor aún, tocar un instrumento que nunca antes había ni sujetado. Lo único que sabía es que debía hacerlo, debía pararse frente a miles de rostros desconocidos con la intención de captar la atención de uno en particular, uno perteneciente a la persona que por mucho tiempo se había propuesto conocer, y vaya manera de querer hacerlo en esta ocasión.

Le dieron la flauta dulce que pidió, la inspeccionó como si supiese qué hacía, dio su visto bueno y lo pusieron en su lugar, detrás de un carro alégorico con payasos danzarines. Él iba al final de la fila encima de uno con forma triangular y decoraciones musicales al estilo rock pesado, muy desentonado con el instrumento músical que llevaba en las manos, al igual que su atuendo conservador. Ya no había vuelta atrás.

Los carros avanzaban y él tocaba -o intentaba tocar- la flauta, de la que solo salían sonidos incoherentes, sin melodía, sin sazón. La alegría de los payasos de adelante se pegaba en el público para luego resbalarse cuando pasaba él con el patético espectáculo que daba, pero nada lo detenía, no tenían en mente rendirse ni mirar atrás. Estaba decidido a ser visto por la chica de sus sueños, y nada lo detendría.

Sorprendentemente, su acto causó la impresión que buscaba -o algo así. No solo por ser último sino también por llevar al festival un concierto nunca antes escuchado, los ojos de la multitud permanecían pegados en él, aunque no tanto por placer y sí tanto por ligero desprecio. Fue así como la chica lo vio, lo vio y él la vio a ella, el rostro brillante en medio de otros miles opacos.

Cuando el desfile hubo terminado, y completamente seguro de sí mismo, se dijo que la próxima etapa de su plan ahora podía ser llevado a cabo con el propósito de hablar con la chica, un paso más cerca de poder enamorarla. Solo tendría que dedicar unos meses al estudio de la guitarra eléctrica, desear que aquella no se olvidara de él y esperar lo mejor. Nada podía salir mal.

Solo hacen falta las ganas, el resto llega inmediatamente después.

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Estas son las crónicas de un soñador empedernido que ha encontrado el significado último de las cosas por venir y que decide compartir su finito conocimiento para el bien de quien decida usarlo, si primero descubre cómo y en el tiempo suficiente como para que le sea útil. El único aviso es el siguiente: ¿De qué sirve mirar el futuro cuando el presente lo determina, y este, a su vez, es determinado por el pasado?