Sunday, February 20, 2011

Tu cara me lo dijo

Cuando nos cruzamos por primera vez mi mirada se quedó atorada en tu lengua, sobre la cual se derretían dos pastillas amarillas. Siseaban llamándome. Salían pequeñas burbujas de ellas, tóxicas, suficientemente atractivas como para decidirme por atragantarme con ellas y llevar conmigo parte de lo que alguna vez fuiste, un pedazo sudoroso de carne salpicado con tierra. Deliciosa.

El mundo se desvaneció durante esos diez segundos, y cuando por fin abrí los ojos noté de inmediato que algo totalmente distinto había tomado su lugar. No me importó. Era el mismo mundo, de eso estaba seguro, y las personas no parecían haber cambiado más que en su aspecto externo, ahora eran de un color amarillo que irritaban mis ojos. Te busqué, desesperado traté de dar contigo. Pero en ese entonces no sabía que pasarían años antes de volver a verte. Años atrapado en mis pensamientos.

Deambulé por calles que conocía bastante bien, entré a los establecimientos donde sabía que me ayudarían a encontrarte, y en todo lugar sobre el que puse pie me dirigieron en la misma dirección. Sus sonrisas, sin embargo, me hacían pensar que se burlaban de mí. Fui al hotel del que me hablaron, un edificio sucio cubierto de ratas muertas en donde me topé con un viejo amigo. Éste había ido a encontrarse con alguien, un nombre que ahora no recuerdo. Conversamos unos minutos, y fue gracias a sus palabras que descubrí lo que me habías hecho.

No fue el mundo quien cambió, sino yo. El solo pensarlo me hizo vomitar. Algo en esas pastillas me había hecho mal, ahora tropezaba con cada uno de mis pasos, me costaba ponerme en pie luego de cada caída, reía solo y mis ojos lloraban. No sé cómo llegué al patio interior o cómo di a parar dentro del jacuzzi. El agua caliente cubrió mi cuerpo, penetró cada orificio de mi cuerpo, me ahogó hasta que al fin pude verte, allá abajo donde mis manos no podían alcanzarte, desnuda y con el pelo rubio danzando lentamente. Salí a la superficie.

Volví a vomitar. Tomé asiento en el borde del jacuzzi, esperando que el timbre en mi cabeza cesara. En ese momento pensé en ti, en tus olores, en lo desconocida que eras para mí, en cada uno de tus dedos, en tus uñas mugrientas y mal pintadas, en tus piernas esqueléticas y tu aliento sofocante. Me vi en tus ojos, vi cuán pequeño era, cuán diminuto me iba haciendo, en mi enorme cabeza y en la sonrisa que no podía descocer de mi rostro. Fue durante esos pensamientos que las pastillas dejaron de hacerme efecto. Y entonces supe que no te conocía, que nunca te había visto antes, y que después de todo esto haría lo posible por no volver a verte.


Los prejuicios matan la posibilidad de una nueva amistad.
Estas son las crónicas de un soñador empedernido que ha encontrado el significado último de las cosas por venir y que decide compartir su finito conocimiento para el bien de quien decida usarlo, si primero descubre cómo y en el tiempo suficiente como para que le sea útil. El único aviso es el siguiente: ¿De qué sirve mirar el futuro cuando el presente lo determina, y este, a su vez, es determinado por el pasado?