Saturday, January 29, 2011

Mesa para cuatro

Ya llevaba media hora desencantado con la conversación que mantenían algunos de sus amigos, sentados alrededor de una de las mesas de la fiesta a la que habían ido. La música, en su mayoría canciones que le desagradaban, sonaba con demasiada fuerza, lo cual volvía todo intento de atender a lo que los demás hablaban virtualmente fallido. Por ello había dejado de intentar.

En un inicio se contentó con observar a las dos chicas que ocupaban su mesa, ambas tan feas que le era imposible no mirarlas. Esto le hizo pensar en una piscina vacía con baldosas de un color celeste en particular que le causaba náuseas, y en cómo de chico casi se ahogó tratando de aguantar la respiración por más tiempo del que era capaz. Luego se fijó en los dos amigos que lo acompañaban, empecinados en impresionar a las chicas feas, desesperados por conseguir siquiera un beso o de repente un par de toqueteos inapropiados. Creyó escucharlos mencionar algo sobre correr tabla, aunque pudo haber sido "comer caca". Conociéndolos, cualquiera de las dos opciones habría sido totalmente posible.

Dio un corto sorbo a su cerveza e imaginó qué podría estar haciendo en ese momento en lugar de pasar un mal rato en una fiesta a la que desde un principio no tuvo deseos de asistir. Pensó en un bar, una atmósfera similar pero menos movida, con música decente y alcohol de calidad. Pensó en un restaurante cualquiera, dispuesto a pagar lo que fuese por un suculento plato de ceviche y un vaso de leche de tigre que, siendo honesto, no tomaría. Pensó en la calle, la pista y los carros, en cómo le gustaría caminar los ocho kilómetros de vuelta a su casa, empapar la camisa de sudor y llegar con las piernas adoloridas. Esta, parecía, era la mejor opción.

Cerró los ojos por unos momentos, se alejó de la mesa, de las feas y de los desesperados, de la música y de la cerveza. Durante unos instantes pudo hacer a un lado todo esto, pudo olvidarse de dónde se encontraba y concentrarse por completo en esa larga caminata que con mayor fuerza lo llamaba a realizar, que estaba decidido a hacer una vez que abriese lo ojos. Y cuando por fin lo hizo, se vio a sí mismo tomar las últimas gotas de alcohol que reposaban en su vaso, levantarse y caminar hacia la salida. A mitad de camino, sin embargo, algo nuevo pasó por su mente que lo hizo preferir regresar. Tomó asiento y sonrío a los otros como el tonto que siempre fue. Minutos más tarde estuvo bailando con una de las dos chicas, la menos fea.


Un único pensamiento o idea será suficiente para destruir a un hombre.

Monday, January 17, 2011

Desde entonces no hay día que haya dejado de hacerlo

Revoltijo de imágenes simultáneas, sucesión de eventos sin cronología, una vida en un segundo en sólo una página, un cuerpo en diecisiete lugares diferentes al mismo tiempo; y decisiones, miles de ellas, vitales e intrascendentes.

En  la puerta de un cuarto de hotel, con la llave equivocada, con dos maletas de más y una familia que no es la suya, que lo mira, que lo olisquea, que de manera crítica se queda mirándolo a la espera de una palabra, al menos una, que no llega y que difícilmente volverá a salir de su boca. Entra a la habitación, cierra la puerta tras de sí, lanza la llave sobre una de las camas, devuelve la mirada a los presentes y grita. Tan solo por unos segundos.

En ese preciso instante, cuatro puertas a la izquierda y dos pisos más arriba, toma asiento en el suelo, junto a la banda musical y algunos de los fanáticos. El humo que ocasionalmente sale de sus bocas y de los cigarrillos distorsiona sus rostros, los vuelve una masa gris entreverada, pero distingue las sonrisas, es lo único que logra notar. Él mismo fuma un poco, y poco después siente cómo el alma se le va escapando con cada bocanada. Sonríe.

Cerca de allí, un grupo de gente lo acompaña acostados todos sobre el extenso jardín. Uno lanza la pelota contra otro, quien a su vez intenta golpear a un tercero con ella. El último imita al anterior y pronto todos forman parte del juego. Excepto él, quien luego de recibir el balón lo lanza desinteresado y comienza a irse. Un viejo amigo, también parte del grupo, recibe la esfera y, lejos de querer prolongar el juego, se le acerca y lo derriba de un pelotazo a la cabeza. El mundo da vueltas y lo único que quiere es irse.

Ahora sobre la bicicleta, una niña y un niño siguiéndolo tratando de no quedarse atrás. Un salto por aquí, otro por allá; dobla en la esquina, tres cuadras después vuelve a doblar; aumenta la velocidad, esquiva un peatón y evade los insultos de otro; otra esquina, otra cuadra, más rápido, más arriesgado. Da la vuelta para asegurarse de que los ha perdido, pero ambos niños siguen detrás de él. Baja de la bicicleta y se entrega rendido.

En mitad de la carretera, un bar llamado 'La Parada' lo recibe con brazos abiertos. Lejos de casa, lejos de todo, un hombre que lo dobla en edad lo invita a su mesa, estrecha su mano y se presenta. El desconocido es como él, otro viajero que ha perdido de vista su destino por concentrarse de más en su andar, otro pedazo de roca en el camino. Entonces lo observa más detenidamente, lo reconoce, y coincide en que es como él, pero nunca será él. Se levanta, sale del bar y no vuelve a mirar atrás.

La chica sin rostro interrumpe el juego de cartas, lo toma del brazo y lo saca de allí con la excusa de querer hacerle una pequeña encuesta. Él la sigue confundido, observa el papel que lleva en las manos sin poder leer lo que lleva escrito, pero nota que es sólo una oración. Regresa la mirada a esa cara sin ojos, nariz o labios; ella también lo observa, no sabe cómo, pero lo sabe. Cansado de esperar que suceda algo, se inclina hacia ella lo más que puede y consigue oler el aroma de su cabello, y, en esos preciosos segundos en que su nariz asegura ser feliz, se vuelve a enamorar del pasado. El papel muy lejos de su cabeza.


Una vida no es suficiente; por eso existen los sueños.

Tuesday, January 11, 2011

"Qué bonita es la vida, carajo"

Las últimas palabras que te oí decir resonaron en mis oídos mientras contemplaba la difusa línea que intentaba separar el cielo del océano. Por unos instantes creí que volabas, pensé que ibas elevándote con la misma corriente de aire que sentía en mi rostro y en mis brazos, fue como si realmente tuvieses alas y estuvieras despegando del mundo para contemplarlo desde insospechadas perspectivas. Pero la sensación no duró más de unos segundos, lo suficiente para perderte de vista entre la maleza y las piedras, allá abajo adonde los sueños y los buenos momentos van a morir. La ironía de tu frase dejó un amargo sentir en todo mi cuerpo, y pronto no pude contenerme más y me lancé del risco tras de ti, siguiéndote; alcanzándote. Hasta ser inmortales. Sin alas de cera sobre nuestras espaldas, llegamos más lejos que Ícaro.


A veces, y sólo a veces, para subir es necesario bajar un poco.
Estas son las crónicas de un soñador empedernido que ha encontrado el significado último de las cosas por venir y que decide compartir su finito conocimiento para el bien de quien decida usarlo, si primero descubre cómo y en el tiempo suficiente como para que le sea útil. El único aviso es el siguiente: ¿De qué sirve mirar el futuro cuando el presente lo determina, y este, a su vez, es determinado por el pasado?