"Qué bonita es la vida, carajo"

Las últimas palabras que te oí decir resonaron en mis oídos mientras contemplaba la difusa línea que intentaba separar el cielo del océano. Por unos instantes creí que volabas, pensé que ibas elevándote con la misma corriente de aire que sentía en mi rostro y en mis brazos, fue como si realmente tuvieses alas y estuvieras despegando del mundo para contemplarlo desde insospechadas perspectivas. Pero la sensación no duró más de unos segundos, lo suficiente para perderte de vista entre la maleza y las piedras, allá abajo adonde los sueños y los buenos momentos van a morir. La ironía de tu frase dejó un amargo sentir en todo mi cuerpo, y pronto no pude contenerme más y me lancé del risco tras de ti, siguiéndote; alcanzándote. Hasta ser inmortales. Sin alas de cera sobre nuestras espaldas, llegamos más lejos que Ícaro.


A veces, y sólo a veces, para subir es necesario bajar un poco.

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