Saturday, August 9, 2014

Velocidad personal

Mientras existes en el presente yo vivo diez minutos en el pasado, y aunque la diferencia de tiempo aparente ser pequeña, es suficiente para evitar que nos encontremos, una y otra y otra vez. Donde yo estoy tú ya estuviste, el camino por el que ando ya lo cruzaste, y esta emoción que siento tú ya la superaste. En el desfase de nuestras vivencias perdemos oportunidades por llegar antes o tardar demasiado, como si a quien viese fuese el fantasma de lo que fuiste, y la alegría que supone tu compañía sea solo la sensación de un momento que ya no es. Te veo allá adelante, lejos, ya muy lejos y distante. Diez minutos de separación, la distancia necesaria para alcanzarnos. Pero cada uno vive a su propia velocidad, cada uno se halla enmarcado en un tiempo diferente donde las experiencias son vividas por separado, a solas con nosotros mismos o en compañía de quienes comparten nuestra temporalidad. Nuestro encuentro no se dará en este tiempo. Si hemos de vivir el mismo instante, pues trataré de apurarme; sólo te pido que puedas esperarme. De lo contrario, ya te veré en otro momento.

Cercanos, pero lejanos a la vez.

Friday, August 8, 2014

Con ímpetu

Las palabras llegan muy tarde, como las ganas, como la expresión. La reflexión no se da en un día, en solo un momento; es la suma de circunstancias, pensamientos y experiencias que promueven el cambio, que empujan inexorablemente en una determinada dirección. Avanzar con ella o luchar en su contra depende de cada uno, y solo quien realmente desea el cambio tomará las medidas necesarias para obtenerlo. Un día puede no ser suficiente, pero es un comienzo. Una mejora, o la simple idea de una mejora, nace a partir de un instante, de un particular momento, de una palabra, de un pensamiento. Incluso hasta de un silencio. Si las palabras tardan, no esperemos.

Aprovechar el impulso, venga de donde venga.

Tuesday, August 5, 2014

La chica de la casa amarilla

Antes de conocerte conocí tu música. Te escuché por primera vez durante el invierno, cuando por casualidad pasé por tu ventana y el cálido sonido de tu piano calentó cada uno de mis huesos. Tomé asiento en la vereda junto a tu casa, decidido a seguir oyendo esa melodía que hasta el día de hoy no he sacado (ni he querido sacar) de mi cabeza. Y cuando por fin acabó, como salido de un trance me despedí en silencio y retomé mi camino.

 La segunda vez que te escuché tocar fue tras seguir la propia voluntad de mis pasos, movidos por el deseo de llevarme hasta tu canción. Esa tristeza en la música, ese cariz nostálgico imbuido en las notas  me daba indicios de quién podías ser, de cómo podría haber sido tu vida, y en medio del sonido te imaginaba. Y sonreía. Eras hermosa.

La última vez que te visité me embargó la curiosidad y decidí echar un vistazo por tu ventana, buscarte y tratar de reconocerte, hacer material esa fantasía que había creado alrededor de ti, alrededor de una imagen que de a pocos dejaba de satisfacerme. Y te vi. Y me viste verte. Y en esos pocos segundos que mi curiosidad se vio saciada, sentí que una parte de mí comenzaba a morir.

Hoy he querido regresar a escucharte, a degustar el dulce sonido de tu melodía. Pero sé que, a pesar de que tu música siga presente, tú no estarás ahí. Ahora, cada vez que paso por tu casa, siento el peso de mi error, y por eso sigo de largo arrastrando conmigo la memoria de días pasados, días en los que prefería vivir en sueños. Antes de conocerte conocí tu música, y ahora que te conozco, sé que no eres a quien quise conocer.


El duro precio de la idealización.

Monday, August 4, 2014

Abatimiento

Es el peso insostenible que llega tras la pérdida de la esperanza, el peso de un porvenir desconocido, el peso de un presente que ya no existe. Llega con el despertar de un nuevo día para aplastarlo con poca piedad, para crear desorden donde debiera haber tranquilidad; tan implacable y perturbador que me deja sin fuerzas, sin ganas y sin rumbo. Y en este apisonamiento me veo deambulando por los interminables pasillos de mi memoria que se entremezclan con la realidad, y en ellos busco un rostro familiar al cual arrimarme, un rostro que ya no está, que no encontraré, que ahora es parte del pasado. Ahí está el peso, en la ausencia, en la sensación de estar solo y en plena soledad. Ahí está el peso, y ahí, también, la fuente de mi debilidad.

En ocasiones, solo con estar al lado de alguien en particular podemos recibir la energía necesaria para seguir adelante.
Estas son las crónicas de un soñador empedernido que ha encontrado el significado último de las cosas por venir y que decide compartir su finito conocimiento para el bien de quien decida usarlo, si primero descubre cómo y en el tiempo suficiente como para que le sea útil. El único aviso es el siguiente: ¿De qué sirve mirar el futuro cuando el presente lo determina, y este, a su vez, es determinado por el pasado?