Monday, August 9, 2010

Lo intenté

¿Por qué la confusión? Prométeme que dejarás de dar vueltas en el mismo lugar, que comenzarás a darle color al mundo, tu mundo. Y que ya nada será para siempre.


Ayer te vi por última vez, en aquella foto de hace años que aún guardo por si la memoria quiere obligarme a olvidarte, esa misma foto en la que aparece una niña retratada de espaldas. Cada vez que la miro es como si te viese a ti, un corazón que no conoce la libertad, un alma que no encuentra paz. La llevé a mi lugar favorito, ése allá en lo alto donde nos conocimos, y la enterré junto al gran árbol que siempre decías querer trepar. 

¿Qué pasó contigo? ¿Por qué decidiste dejar de luchar? ¿Dónde fueron a parar tus sueños? Te encogiste de repente, aplastada por los barrotes imaginarios a los que fuiste limitándote, hasta que dejaste de ser tú; simplemente dejaste de ser. Juntaste los labios y no dijiste más. Por mucho tiempo acepté tu decisión, comprendí que estabas tan perdida como yo, y que encerrarte en ti misma era la mejor solución a un problema que ni siquiera hoy existe.

Pero estoy cansado de esperarte, y la paciencia que una vez me acompañó se ha ido diluyendo con las lágrimas. Ahora eres todas las mujeres de mi vida, una historia más a la que deseo poner fin y no puedo. Golpeo tu coraza desde afuera, grito por ti y por mí, y por todos los que te extrañan, y porque me dejaste aquí; y así vas reduciéndote.

Ya no queda mucho; muy poco de dónde aferrarse a lo que aún hay de ti, el vago recuerdo de un rostro, una sonrisa y ojos que me persiguen en sueños. Pronto el viento se adueña de ti, y en un instante no estás más. No más. Pero yo sigo aquí.


Nunca es demasiado tarde para hacer algo.

Thursday, August 5, 2010

Jugaba fútbol con un par de amigos a la salida del colegio; habíamos improvisado una portería utilizando unas rejas y el árbol cercano, y pateábamos la pelota como si el mundo fuese a acabarse en unas horas. No sé cuánto tiempo estuvimos ahí, se hacía tarde pero no teníamos intención de irnos. En un momento se acercó un pequeño grupo de estudiantes que preguntaron si podían unirse a nuestro juego, pero, siendo mi balón, fui yo quien les dijo que no. Sin embargo, no se fueron.

Continuamos jugando un buen rato, hasta que uno de nosotros dio una patada muy fuerte y la pelota quedó atorada en una de las ramas superiores del árbol. Nadie quiso treparlo, así que empezamos a lanzar piedras con la esperanza de zafarla, pero nuestra mala puntería y la creciente frustración nos lo hacían especialmente complicado. De pronto, uno de los del grupo que se había quedado mirándonos subió al árbol con dificultad y consiguió la pelota tras algunas leves caídas y luego de hacerse varias magulladuras.

Una vez que estuvo de regreso en el suelo, se acercó con los otros de su grupo y volvió a preguntar si podían jugar con nosotros ahora que habían ayudado a recuperar el balón. Yo me acerqué a él, cogí mi pelota y le repetí que no quería que se unieran, que nunca les pedimos ayuda. Y como no quise seguir discutiendo no tuvieron más opción que irse, así que nosotros seguimos jugando como si nada hubiese sucedido. Ese fue el día que morí por dentro.


Experiencias aparentemente pequeñas pueden marcarnos de por vida.
Estas son las crónicas de un soñador empedernido que ha encontrado el significado último de las cosas por venir y que decide compartir su finito conocimiento para el bien de quien decida usarlo, si primero descubre cómo y en el tiempo suficiente como para que le sea útil. El único aviso es el siguiente: ¿De qué sirve mirar el futuro cuando el presente lo determina, y este, a su vez, es determinado por el pasado?