Thursday, August 5, 2010

Jugaba fútbol con un par de amigos a la salida del colegio; habíamos improvisado una portería utilizando unas rejas y el árbol cercano, y pateábamos la pelota como si el mundo fuese a acabarse en unas horas. No sé cuánto tiempo estuvimos ahí, se hacía tarde pero no teníamos intención de irnos. En un momento se acercó un pequeño grupo de estudiantes que preguntaron si podían unirse a nuestro juego, pero, siendo mi balón, fui yo quien les dijo que no. Sin embargo, no se fueron.

Continuamos jugando un buen rato, hasta que uno de nosotros dio una patada muy fuerte y la pelota quedó atorada en una de las ramas superiores del árbol. Nadie quiso treparlo, así que empezamos a lanzar piedras con la esperanza de zafarla, pero nuestra mala puntería y la creciente frustración nos lo hacían especialmente complicado. De pronto, uno de los del grupo que se había quedado mirándonos subió al árbol con dificultad y consiguió la pelota tras algunas leves caídas y luego de hacerse varias magulladuras.

Una vez que estuvo de regreso en el suelo, se acercó con los otros de su grupo y volvió a preguntar si podían jugar con nosotros ahora que habían ayudado a recuperar el balón. Yo me acerqué a él, cogí mi pelota y le repetí que no quería que se unieran, que nunca les pedimos ayuda. Y como no quise seguir discutiendo no tuvieron más opción que irse, así que nosotros seguimos jugando como si nada hubiese sucedido. Ese fue el día que morí por dentro.


Experiencias aparentemente pequeñas pueden marcarnos de por vida.

No comments:

Post a Comment

Estas son las crónicas de un soñador empedernido que ha encontrado el significado último de las cosas por venir y que decide compartir su finito conocimiento para el bien de quien decida usarlo, si primero descubre cómo y en el tiempo suficiente como para que le sea útil. El único aviso es el siguiente: ¿De qué sirve mirar el futuro cuando el presente lo determina, y este, a su vez, es determinado por el pasado?