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Tanto y tan poco

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Entre charcos de miel y pelusas rosadas tu imagen va perdiéndose, va volviéndose una mezcolanza de insignificancias. Lo real se desdibuja por culpa de mis falsos recuerdos, se convierte todo en una fuente de nostalgia desconsoladora a la que vuelvo sólo para tratar de conseguir piezas de ti, piezas que no encajan, que no son suficientes. Creo saber quién eres; creo saberlo y no sé por qué.
Me arrimo a la idea de una conexión mística, esas que se quiebran con tanta facilidad. No entiendo cómo ni cuando se generó, y me desarmo buscando la respuesta; quizás ahí donde se esconde esté también la razón por la que todavía confío en conexiones de ese tipo. Pero tal vez se trate de algo más pragmático, más asentado en la lógica. Quizás nos conocimos por mera casualidad, quizás somos como somos y estamos donde estamos porque las circunstancias así se dieron. Quizás no es nada especial.
Pero sin importar de dónde vinimos o hacia adónde fuimos, nos hicimos compañía mientras nuestros caminos se cruz…

El peso del saber

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Pasé años buscándome, tratando de entenderme, intentando determinar cómo encajaba en el mundo, y qué gran designio me estaba determinado. Cuando comprendí que uno mismo es quien hace su camino, que nadie más que uno le da sentido a su existencia, empecé la vertiginosa e ineludible aproximación hacia el autodescubrimiento de mi persona. Y así, poco tiempo después, y no sin gran esfuerzo, di con mí mismo. La sensación de saberme, de al fin conocerme, de encontrar mi lugar, fue exorbitantemente satisfactoria. Por semanas anduve extasiado, feliz conmigo y con el mundo, seguro de que nada nunca más se sentiría así de bien, que nada jamás podría derribarme otra vez. Desgraciadamente, estuve equivocado.
Este conocimiento no llegó exento de nuevas y profundas preocupaciones. Mi posesión más valiosa se había convertido en la fuente de mis más grandes miedos; ahora que poseía el saber más importante de mi vida, temía por su pérdida. ¿Qué sería de mí si dejaba de conocerme? ¿Perdería mi identidad…

Velocidad personal

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Mientras existes en el presente yo vivo diez minutos en el pasado, y aunque la diferencia de tiempo aparente ser pequeña, es suficiente para evitar que nos encontremos, una y otra y otra vez. Donde yo estoy tú ya estuviste, el camino por el que ando ya lo cruzaste, y esta emoción que siento tú ya la superaste. En el desfase de nuestras vivencias perdemos oportunidades por llegar antes o tardar demasiado, como si a quien viese fuese el fantasma de lo que fuiste, y la alegría que supone tu compañía sea solo la sensación de un momento que ya no es. Te veo allá adelante, lejos, ya muy lejos y distante. Diez minutos de separación, la distancia necesaria para alcanzarnos. Pero cada uno vive a su propia velocidad, cada uno se halla enmarcado en un tiempo diferente donde las experiencias son vividas por separado, a solas con nosotros mismos o en compañía de quienes comparten nuestra temporalidad. Nuestro encuentro no se dará en este tiempo. Si hemos de vivir el mismo instante, pues trataré de…

Con ímpetu

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Las palabras llegan muy tarde, como las ganas, como la expresión. La reflexión no se da en un día, en solo un momento; es la suma de circunstancias, pensamientos y experiencias que promueven el cambio, que empujan inexorablemente en una determinada dirección. Avanzar con ella o luchar en su contra depende de cada uno, y solo quien realmente desea el cambio tomará las medidas necesarias para obtenerlo. Un día puede no ser suficiente, pero es un comienzo. Una mejora, o la simple idea de una mejora, nace a partir de un instante, de un particular momento, de una palabra, de un pensamiento. Incluso hasta de un silencio. Si las palabras tardan, no esperemos.
Aprovechar el impulso, venga de donde venga.

La chica de la casa amarilla

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Antes de conocerte conocí tu música. Te escuché por primera vez durante el invierno, cuando por casualidad pasé por tu ventana y el cálido sonido de tu piano calentó cada uno de mis huesos. Tomé asiento en la vereda junto a tu casa, decidido a seguir oyendo esa melodía que hasta el día de hoy no he sacado (ni he querido sacar) de mi cabeza. Y cuando por fin acabó, como salido de un trance me despedí en silencio y retomé mi camino.
 La segunda vez que te escuché tocar fue tras seguir la propia voluntad de mis pasos, movidos por el deseo de llevarme hasta tu canción. Esa tristeza en la música, ese cariz nostálgico imbuido en las notas  me daba indicios de quién podías ser, de cómo podría haber sido tu vida, y en medio del sonido te imaginaba. Y sonreía. Eras hermosa.
La última vez que te visité me embargó la curiosidad y decidí echar un vistazo por tu ventana, buscarte y tratar de reconocerte, hacer material esa fantasía que había creado alrededor de ti, alrededor de una imagen que de a p…

Abatimiento

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Es el peso insostenible que llega tras la pérdida de la esperanza, el peso de un porvenir desconocido, el peso de un presente que ya no existe. Llega con el despertar de un nuevo día para aplastarlo con poca piedad, para crear desorden donde debiera haber tranquilidad; tan implacable y perturbador que me deja sin fuerzas, sin ganas y sin rumbo. Y en este apisonamiento me veo deambulando por los interminables pasillos de mi memoria que se entremezclan con la realidad, y en ellos busco un rostro familiar al cual arrimarme, un rostro que ya no está, que no encontraré, que ahora es parte del pasado. Ahí está el peso, en la ausencia, en la sensación de estar solo y en plena soledad. Ahí está el peso, y ahí, también, la fuente de mi debilidad.
En ocasiones, solo con estar al lado de alguien en particular podemos recibir la energía necesaria para seguir adelante.

Sin aire

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Vivo en la incertidumbre y en ella me consumo, con una duda atorada en la garganta que me asfixia, que me mata. Necesito una verdad, cualquier verdad que pueda satisfacerme, cualquiera que apacigüe esta inseguridad asesina y que me deje tranquilo, al menos en paz por unos momentos. Estoy cansado de vivir con los ojos cerrados por miedo a ver lo que es real, porque la realidad es insoportable, porque lo verdadero no es para todos y, a veces, creo que tampoco para mí. Pero ya no quiero verdades hechas cenizas en la punta de la lengua, ya no quiero tragar mentiras y atorarme con engaños; esto no es para mí. Necesito una verdad, ver con claridad y vivir, esta vez, libre. Hasta que la comodidad vuelva a atraparme, hasta que otra vez me conforme y que la duda en la garganta se convierta en una extensión de mi cuerpo. Vivo y sin vida.
¿Saber o vivir en la ignorancia?