Tuesday, March 23, 2010

Invisible a la vista

Lo vi caminando por el parque y supe de inmediato cuál era su historia. Supe que participó en un juego donde tuvo que enfrentarse a cada una de las cosas a las que teme arriesgándose a perder probablemente lo más importante que toda persona posee: su identidad. El juego de por sí ya sonaba extraño y difícil de sobremanera, pues ¿quién se atrevería a enfrentar todos los peores miedos? Perdió, por supuesto.

Cuando lo vi ya llevaba dos meses sin identidad. Había vagado por el mundo conociendo a centenares de personas, visitando a familiares y amigos y tratando de volverse famoso con muchas de sus innovadoras ideas. Pero nadie podía recordarlo. Se presentaba ante alguien y al cabo de unos segundos era olvidado por completo, como si nunca hubiese existido. Y presentarse nuevamente resultaba en lo mismo. Incluso su familia había dejado de saber quién era, y para sus amigos era como un extraño más. Su nombre no significaba nada, su cara era la misma siempre pero sin rasgos que lo definieran. Era invisible, un cuerpo que ocupaba un espacio, pero que nadie tomaba en consideración

Saber todo esto me hizo pensar qué gran premio esperaba obtener de haber ganado ese injusto juego. ¿Qué puede ser tan importante o grandioso como para otorgar la más ligera posibilidad de perder la identidad, incluso al saber que se deben vencer nuestras fobias? Lo único que se me ocurre es que haya querido ganar una identidad nueva a expensas de la suya, y que perder la que ya tenía hubiese sido la segunda mejor opción. Si fue así, imagino que su peor miedo debe haber sido ser él mismo.


Si no sé quién soy, ¿cómo puedo saber quiénes son los demás?

Sunday, March 14, 2010

Disociación


Por años había creído que una persona no está comple- tamente sola, que cuando nadie más está alrededor siempre se está con uno mismo. Esto lo pensaba, en un principio, desde la noción que tenía de su cuerpo y su mente como entes individuales, siendo él lo segundo. Pero con el tiempo desechó esta parte de la idea general y pasó a creer algo similar pero con importantes diferencias. Comenzó a verse a sí mismo como la suma de sus estados consciente e inconsciente, aunque él siendo lo primero.

Todas sus reflexiones hicieron que me preguntara si podía estar en lo cierto, que nunca estamos totalmente solos, pues nos tenemos a nosotros mismos como compañía. Suena trillado considerarnos más que uno solo, pero durante unas semanas traté de estar atento a mis pensamientos y actitudes cuando me encontraba por mi cuenta, y descubrí algo maravilloso y escalofriante. Estaba solo, eso está claro, pero no podía dejar de tener esta extraña sensación de estar acompañado, y la forma en la que pensaba era como si una parte de mí estuviese hablando y otra escuchando, a la vez que una tercera lo interpretaba y yo, la cuarta parte, recibía el producto final.

Fui a buscarlo para contarle mi experiencia, pero lo único que encontré una vez que estuve en su oficina fue un papel a medio arrugar con unas palabras que parecían haber sido escritas por él: "...no puede más con esta constante presencia, no lo soporta..." Tras leerlo cogí el papel, lo guarde en el bolsillo y salté por la ventana. 


No es "¿quiénes somos?", sino "¿cuántos?"

Tuesday, March 9, 2010

La niña en el cristal

¡Listo! Ahora imagina un espejo del tamaño que quieras, pero no más pequeño que tu cabeza. Se encuentra colgado en un pasadizo con paredes cremas, en una parte de tu casa que cruzas por lo menos siete u ocho veces al día, así que hay momentos de sobra para echarle al menos un vistazo. Apenas lo tengas en tu mente entenderás de qué va la cosa.

La tercera vez que vas por el pasadizo durante un día cualquiera te detienes frente al espejo y notas algo que no estaba ahí antes. Pero tras segundos de inspección comienzas a considerar la posibilidad de que sí lo haya estado y que, en todo caso, lo pasaste por alto cada vez anterior. Con la cabeza hecha un meollo decides prestarle atención finalmente.

Al inicio te divierte sus movimientos, los sigues como jugando, sonríes y aplaudes. Al rato, más relajado, te concentras en sus características, lo encuentras conocido en seguida, pero pronto pierde cualquier rastro de familiaridad. Ya aburrido y tú casi a punto de seguir tu camino, te preguntas cómo será la vida en ese otro lado. ¿Por qué seguir con la duda?

No pasa mucho tiempo hasta que te encuentras del otro lado y tu reflejo en donde tú comenzaste. Desencantada con lo que este nuevo lugar presenta, decides volver, pero ya no depende de ti. Ya no hay espejo, lo que antes era tuyo ahora no es más que una vaga imagen de lo que pudo haber sido, como tus recuerdos, como tus sueños. Y listo.


Hay quienes viven a través de ti, y quienes lo hacen por ti.
Estas son las crónicas de un soñador empedernido que ha encontrado el significado último de las cosas por venir y que decide compartir su finito conocimiento para el bien de quien decida usarlo, si primero descubre cómo y en el tiempo suficiente como para que le sea útil. El único aviso es el siguiente: ¿De qué sirve mirar el futuro cuando el presente lo determina, y este, a su vez, es determinado por el pasado?