El plan perfecto
Nunca llegaría a comprender qué locura lo había llevado a participar en el desfile, y, peor aún, tocar un instrumento que nunca antes había ni sujetado. Lo único que sabía es que debía hacerlo, debía pararse frente a miles de rostros desconocidos con la intención de captar la atención de uno en particular, uno perteneciente a la persona que por mucho tiempo se había propuesto conocer, y vaya manera de querer hacerlo en esta ocasión. Le dieron la flauta dulce que pidió, la inspeccionó como si supiese qué hacía, dio su visto bueno y lo pusieron en su lugar, detrás de un carro alégorico con payasos danzarines. Él iba al final de la fila encima de uno con forma triangular y decoraciones musicales al estilo rock pesado, muy desentonado con el instrumento músical que llevaba en las manos, al igual que su atuendo conservador. Ya no había vuelta atrás. Los carros avanzaban y él tocaba -o intentaba tocar- la flauta, de la que solo salían sonidos incoherentes, sin melodía, sin sazón. La alegría ...