Locuras esenciales

Perdido, sabiendo adónde ir y cómo llegar, tomó caminos por los que nunca antes había andado, se detuvo en lugares que nunca antes había visitado y saludó a individuos con los que nunca antes había interactuado. Esta mañana no se sentía como él mismo ni como nadie en particular. Así que, libre de ser quien quisiera, decidió regalar su sonrisa a la siguiente mujer con la que se cruzó. Y tras hacerlo, recordó la noche anterior.

Perdido, sabiendo ahora que vendarse los ojos había sido en vano, soñó con una persona que no veía desde hacía mucho tiempo y a quien había olvidado olvidar. Esta persona había estado tan cerca, lo había acariciado, se había acurrucado junto a él y le había dicho palabras hermosas. Y él, como encadenado de pies a cabeza sin posibilidad alguna de moverse ni hablar, era capaz de ver y sentirlo todo. Y de sonreír.

Perdido, sabiendo lo que escondía la sonrisa que acababa de regalar, no pudo más que suspirar. Las palabras más amorosas, los cosquilleos más delirantes, los deseos más ardientes y las fantasías más íntimas, todo proveniente de una pesadilla, habían encontrado asidero en su sonrisa. Y ahora le pertenecía a alguien más. Y era mejor así.

Perdido, sabiendo que había llegado al lugar que lo esperaba desde siempre, tomó asiento frente al mar y se dejó llevar por la oleada de recuerdos. Muchos de ellos le aseguraban que la persona con quien soñó lo amó alguna vez, y que él la había amado de vuelta. Muchos otros le aseguraban lo contrario. Y entre recuerdos y recuerdos, no pudo distinguir si lo que recordaba ahora pertenecía al pasado o a su sueño.

Perdido, sabiendo cada vez menos, veía a esta persona al lado de alguien más, alguien que no tenía problema en acercarse, acurrucarse junto a ella y acariciarla con palabras hermosas. Y ahí estaba él, inmóvil e indefenso. Encadenado sin cadenas. Mudo. Y con una sonrisa mentirosa que poco a poco iba desvaneciéndose.

Perdido, perdido, dejó que sus pies tocasen las aguas frías del océano y cerró los ojos. Pudo haber estado ahí durante minutos u horas, pero alguien le tocó el hombro y lo despertó. Frente a él estaba la dueña de su sonrisa. Sonriendo. Fue entonces cuando creyó comprender lo que debía hacer.

Perdido le dijo que, párrafos más arriba, le había regalado una sonrisa falsa y que, por favor, la quería de vuelta, pues lo había hecho sin pensarlo y sin ser él mismo. La mujer, todavía sonriendo, se rehusó a devolverla y preguntó por su valor.

Perdido no supo qué decir al principio, pero no tardó en confiar en ella y contarle la verdad. Le contó sobre su sueño, sobre la mujer que creyó amar, sobre la tortura que siguió. Y que, por todo ello, había preferido deshacerse de su sonrisa. La mujer sonrió aún más, y luego le aseguró que le devolvería lo que era suyo, pero sólo si prometía acompañarla ese día tan extraño.

Perdida, sin saber adónde iba ni cómo llegar, tomó caminos por los que siempre andaba, se detuvo en lugares que siempre visitaba y saludó a individuos con los que siempre interactuaba. Excepto por él. Cuando pasó a su lado y le regaló su sonrisa, encontró en ella un sinfín de cosas que le ayudaron a saber adónde ir, y así dejar de estar perdida.


Queriendo o sin querer, las personas nos transformamos mutuamente.

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