De cerca

Los cuatro pares de ojos contaron su historia, su paso por este mundo y el roce con un alma en particular que les llamó la atención.

El primer par apenas y la observó, apenas y pudo mirar más allá de lo inmediato y superficial, aunque ello fue suficiente para llegar a la definitiva conclusión de que esta alma era una de aquellas que era mejor olvidar y dejar a su propia suerte.

El segundo pudo llegar un poco más profundo, vio cosas que nadie tendría que haber visto, no por ser prohibidas, sino por su enorme vileza. Consiguió encontrar todo lo que la humanidad llama maldad, y por eso tomó la misma decisión que el primer par.

El tercero vio lo que sus predecesores, y fue justo por ello que no eligió irse, sino ayudar y curar. No hubo mejoras al principio, pero con los años el alma fue consiguiendo pureza. Sin embargo, antes de llegar a la perfección, abandonó a este par de ojos.

Dos generaciones de ojos pasaron sin dejar huella, al menos no una visible. Con sus decisiones enseñaron a esta alma que aquello que se encuentra perdido es mejor dejar así, y aunque la tercera trató de mostrarle lo contrario, la enseñanza ya estaba fuertemente aprendida.

Fue con el cuarto par de ojos que las cosas cambiaron. Este No vio ninguna de las tres cosas anteriores, no vio ni lo superficial ni la maldad ni la bondad. Lo único que vio, y que en última instancia le llevó al enamoramiento, fue un alma, solo un alma. Y eso bastó.

Mirar no es suficiente, hace falta ver.

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