Friday, June 12, 2009

La sociedad de Los Sucios

Esta mafia duerme en el suelo, con colchones, pero en el suelo. La primera vez que escuchó esto no lo pudo creer, incluso se río en la cara del que llegaría a ser su jefe. Un par de golpes lo volvieron un tanto más crédulo, pero no fue sino hasta que le tocó el lugar junto al baño que tomó las cosas de forma más seria. El olor proveniente del inodoro no era motivo de sonrisas, especialmente durante las noches.

El primer trabajo fue simple. Estuvo parado fuera del estacionamiento casi dos horas bajo la luz de la luna, fumaba uno que otro cigarillo para mantener la calma, y veía cómo cada uno de los carros iba saliendo minuto a minuto sin que otro tomara el lugar del anterior. Pronto no hubo razón para seguir vigilando y regresó con el grupo con las esperanzas de conseguir un auto para él mismo. A la cama sin postre.

La segunda asignación resultó ser el reto que esperaba. Esta vez le tocó un puesto más protagónico, y disfrutó cada puñetazo que propinó a un miembro que, dijeron las malas lenguas, era un potencial soplón. Lo felicitaron de sobremanera y hasta le compraron el hielo para desinflamar los nudillos, pero la cama junto al baño siguió siendo el final del camino.

Pero el tercer acontecimiento probó convertirse en la más difícil tarea. Debía mantenerse vivo. Para este trabajito se necesitó a poco más de la mitad de la organización, entre ellos los más confiables y los más útiles, por lo que le pareció curioso formar parte del plan. Entraron en el edificio exactamente a la medianoche con armas en mano, arrasaron con todo aquel que cruzó su camino y asesinaron a los más altos funcionarios de la compañía que en ese momento saqueaban. Consiguieron el botín, los grandes billetes por los que arriesgaron sus vidas, pero el grupo sufrió bajas tremendas. Por suerte se trataba de mafiosos de mala suerte que nadie extrañaría.

El resto de esa noche, la madrugada y parte de la mañana celebró con sus compañeros, y se dio con la gran sorpresa de que le habían comprado un nuevo colchón, aunque su lugar seguía estando al lado del apestoso lugar. Pasó el día intentando dormir, pero el olor, a pesar de ser tan insoportable como siempre, no lo dejó esta vez. Resignado a quedar en el mismo lugar para siempre, decidió arreglar de una vez por todas la cañería. Se encerró en el baño y no dejó pasar a nadie hasta que hubo terminado, ni siquiera le interesó la oleada de balazos que escuchó en cierto momento.

Cuando salió, sus compañeros yacían muertos en el suelo, producto del contraataque del mafioso soplón al que tuvo que golpear días antes y su nueva organización. Quedó en su lugar en silencio por unos minutos hasta que supo lo que debía hacer. Caminó procurando no pisar los cuerpos y se lanzó encima del colchón más alejado del baño, el cual declaró suyo. La pestilencia de los cadáveres no fue comparable con el nauseabundo inodoro. Y cuando lo fue, salió del lugar, tomó todo el dinero que pudo encontrar, subió a uno de los autos robados y no se le volvió a ver más en la localidad.

Cosa curiosa, la suerte.

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Estas son las crónicas de un soñador empedernido que ha encontrado el significado último de las cosas por venir y que decide compartir su finito conocimiento para el bien de quien decida usarlo, si primero descubre cómo y en el tiempo suficiente como para que le sea útil. El único aviso es el siguiente: ¿De qué sirve mirar el futuro cuando el presente lo determina, y este, a su vez, es determinado por el pasado?