Tuesday, June 16, 2009

Metamorfosis

La pareja camina por el pasadizo luego de haber sido invitados a pasar por una amable anciana. El manicomio blanco con tonalidades de gris se expande ante ellos ofreciéndoles cientos de puertas de dónde escoger, una de las cuales mantiene prisionero a quien, esperan, los ayudará en lo que sigue del plan.

Cuarto tras cuarto buscan al posible apoyo, y luego de cuatrocientas habitaciones exploradas, luego de visitar a cuatrocientas almas atrapadas por la locura, dan con la chica que querían. En sus manos logran ver un instrumento musical, una especie de cruce entre una cítara y una guitarra eléctrica, algo que aquella presenta como su arma secreta, el objeto que la liberará de esta prisión.

Por más que la pareja intenta convercerla, la muchacha no cree que exista otro medio posible de escapar sin su instrumento, y añade que aún le falta cerca de dos años para poder terminarlo. No cree en lo que le dicen, en que convencieron a la anciana que custodia la puerta principal, y comenta que lo más problable es que hayan sido engañados.

Preocupados, ambos regresan a la entrada. Sus sospechas se hacían realidad. La amable mujer que los había dejado entrar los miraba con una sonrisa malévola en los labios y con un dedo les indicaba el cuarto al que estaban siendo asignados a pasar el resto de sus días. Antes de ser encerrados, la chica con el objeto musical promete sacarlos pronto. Dos años no es demasiado tiempo.

Las apariencias engañan, y las ancianitas también.

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Estas son las crónicas de un soñador empedernido que ha encontrado el significado último de las cosas por venir y que decide compartir su finito conocimiento para el bien de quien decida usarlo, si primero descubre cómo y en el tiempo suficiente como para que le sea útil. El único aviso es el siguiente: ¿De qué sirve mirar el futuro cuando el presente lo determina, y este, a su vez, es determinado por el pasado?