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Un minuto de silencio incómodo

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Ayer me di cuenta de que no podré asistir a la boda, por eso hoy acompaño a tu familia al cementerio de flores y desentierro la más grande, una celeste bastante parecida a un tulipán, con la intención de regalártela como disculpa. No diré que el tiempo que hemos pasado juntos no ha sido maravilloso, que estos años no han sido los más felices de mi vida porque te he tenido a mi lado o que me has ayudado en convertirme en un mejor ser humano. Pero lo cierto es que no puedo seguir viviendo una mentira, y el casarme contigo no sería justo para nadie. Eres fea, aceptémoslo, y aunque dicen que al final lo importante no es lo físico, temo que para mí lo es, siempre lo fue. Por eso me despido y te deseo una buena vida. Adiós. El amor no es ni ciego ni miope, sino astigmático; y a veces daltónico.

Rebelde sin ganas de fastidiar

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El problema comenzó cuando uno de los participantes dio la vuelta y amenazó a quien iba detrás de él por haberlo insultado. Al principio, sumido en una rabia tremenda, discutió con el trasgresor sobre lo que era correcto y cómo el acto que acaba de realizar había manchado no solo su alma sino la de todos sus antepasados. Como no vio que sus palabras le afectaran, se dejó llevar por la fuerte emoción del momento y se lanzó contra él, lo derribó y lo dejó noqueado tras asestarle unos cuantos golpes. Al rato, un tanto más tranquilo pero aún molesto por la injuria, decidió que lo mejor sería no perder tiempo lamentándose y realizar el ritual de purificación para el que estaba ahí como tantos otros. Sabía, como el resto, que debido al reciente insulto esta ceremonia se alargaría un par de horas más de lo esperado pues ahora tendría que ser purificado él también. No tenía idea de quién había determinado que pisar la sombra de otro equivalía a maldecirlo, pero la dificultad no recaía en ...

El borracho y el ciego

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¿Qué es lo peor que me ha pasado en una fiesta? Pues deja que te cuente. Fui invitado a la celebración por el cumpleaños de uno de mis compañeros de trabajo, y como no quería ir solo le pasé la voz a Sebastián, mi amigo ciego. La casa estaba en una zona de la ciudad a la que ninguno de los dos había ido antes pero que conocíamos bien por la mala reputación que había ido ganando al ser constantemente mencionada en las noticias. Esto no me asustaba en lo absoluto, pues mi compañero de trabajo aseguraba que era un lugar más seguro de lo que profesaban. Sebastián y yo llegamos sin perdernos gracias a la gran cantidad de luces, al fuerte sonido de la música y a la enorme masa de personas que veíamos frente a la casa. Saludé a quienes conocía, nos sirvieron tragos y pronto estuvimos sentados con dos chicas en un sofá. La verdad es que no recuerdo lo que nos decían, yo solo me servía una cerveza tras otra mientras las miraba con creciente excitación. No estoy seguro a qué hora sucedió o c...

Dos orejas y solo una boca

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Durante sus primeros años escolares  no causó mucho interés, pero con el pasar el tiempo los demás alumnos y algunos profesores fueron notando su extraña actitud. Comprendían que no podía ser la única persona tímida que hablaba muy poco y que nunca levantaba la mano para participar en clase, pero lo que resaltaba como extraño era que nunca respondiese preguntas de tipo alguno. Y en los exámenes era muchísimo más raro, puesto que sudaba de sobremanera y siempre era el último en terminar, aunque la mayoría de veces ni siquiera acababa. Si algún maestro hacía una pregunta y le pedía que respondiese, él siempre decía que no sabía la respuesta, simplemente se quedaba callado como si no supiese qué decir. Quizás era por ello que tenía muy pocos amigos, y que éstos supiesen muy poco de su vida. Sin duda había muchas ideas con respecto a su personalidad y a "lo que era", pero nunca llegaron a saber la verdad. Él sabía perfectamente cuál sería el impacto que tendría en el mundo si ...

Día mundial del dedo pulgar

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La primera vez que conseguí un trébol no fue de cuatro hojas como deseaba, sino de seis. Como quería impresionar a mis amigos con el gran descubrimiento tomé la decisión de arrancar dos de las seis, de esa forma podría decir que había encontrado un trébol de la suerte que, no contento con tener solo cuatro, había hecho espacio para más hojas. Sin embargo, una vez que hice esto, entendí cuán tonto me estaba comportando. Dejé el trébol en el lugar donde lo encontré, agradecí al duende que me guió hasta allí y, mientras regresaba a mi casa, me dije que de nada sirve un amuleto de la suerte si no se tiene amigos a quién enseñárselos. Sin olvidar que no creo en la suerte. Las oportunidades escasean; ¿por qué dejarlas pasar?

Invisible a la vista

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Lo vi caminando por el parque y supe de inmediato cuál era su historia. Supe que participó en un juego donde tuvo que enfrentarse a cada una de las cosas a las que teme arriesgándose a perder probablemente lo más importante que toda persona posee: su identidad. El juego de por sí ya sonaba extraño y difícil de sobremanera, pues ¿quién se atrevería a enfrentar todos los peores miedos? Perdió, por supuesto. Cuando lo vi ya llevaba dos meses sin identidad. Había vagado por el mundo conociendo a centenares de personas, visitando a familiares y amigos y tratando de volverse famoso con muchas de sus innovadoras ideas. Pero nadie podía recordarlo. Se presentaba ante alguien y al cabo de unos segundos era olvidado por completo, como si nunca hubiese existido. Y presentarse nuevamente resultaba en lo mismo. Incluso su familia había dejado de saber quién era, y para sus amigos era como un extraño más. Su nombre no significaba nada, su cara era la misma siempre pero sin rasgos que lo definie...

Disociación

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Por años había creído que una persona no está comple- tamente sola, que cuando nadie más está alrededor siempre se está con uno mismo. Esto lo pensaba, en un principio, desde la noción que tenía de su cuerpo y su mente como entes individuales, siendo él lo segundo. Pero con el tiempo desechó esta parte de la idea general y pasó a creer algo similar pero con importantes diferencias. Comenzó a verse a sí mismo como la suma de sus estados consciente e inconsciente, aunque él siendo lo primero. Todas sus reflexiones hicieron que me preguntara si podía estar en lo cierto, que nunca estamos totalmente solos, pues nos tenemos a nosotros mismos como compañía. Suena trillado considerarnos más que uno solo, pero durante unas semanas traté de estar atento a mis pensamientos y actitudes cuando me encontraba por mi cuenta, y descubrí algo maravilloso y escalofriante. Estaba solo, eso está claro, pero no podía dejar de tener esta extraña sensación de estar acompañado, y la forma en la que pensaba ...