Saturday, May 1, 2010

El borracho y el ciego


¿Qué es lo peor que me ha pasado en una fiesta? Pues deja que te cuente.


Fui invitado a la celebración por el cumpleaños de uno de mis compañeros de trabajo, y como no quería ir solo le pasé la voz a Sebastián, mi amigo ciego. La casa estaba en una zona de la ciudad a la que ninguno de los dos había ido antes pero que conocíamos bien por la mala reputación que había ido ganando al ser constantemente mencionada en las noticias. Esto no me asustaba en lo absoluto, pues mi compañero de trabajo aseguraba que era un lugar más seguro de lo que profesaban.

Sebastián y yo llegamos sin perdernos gracias a la gran cantidad de luces, al fuerte sonido de la música y a la enorme masa de personas que veíamos frente a la casa. Saludé a quienes conocía, nos sirvieron tragos y pronto estuvimos sentados con dos chicas en un sofá. La verdad es que no recuerdo lo que nos decían, yo solo me servía una cerveza tras otra mientras las miraba con creciente excitación. No estoy seguro a qué hora sucedió o cómo resultó, pero me vi levantándome del asiento y entrando a un cuarto con una de ellas.

Todo iba bien, más que bien incluso, hasta que la otra chica se nos unió. Por largo rato no hice más que disfrutar cada segundo de la experiencia, hasta que un pensamiento llegó a mi cabeza. Pregunté a la última chica sobre Sebastián, pero ella solo me ignoró. Mareado, confundido y ahora enojado me vestí y salí de la habitación. No tenía idea de la hora, podía ser medianoche como las tres de la madrugada, y la gente seguía riendo, bailando y divirtiéndose.

Regresé al sofá, pero no encontré a Sebastián. Lo busqué en el resto de la casa a la vez que preguntaba a varias personas si lo habían visto, pero la mayoría asumía que por borracho no sabía lo que decía. Busqué al festejado, pero no di con él. Tampoco vi a ningún conocido del trabajo, solo desconocidos. O tal vez estaba tan pasado de tragos que en mi despiste no reparé en ellos. El punto es que seguí en busca de mi amigo, hasta que el mareo pudo más que yo y quedé inconsciente en el suelo.

A la mañana siguiente, cuando el lugar estaba desierto a excepción de uno que otro dormilón o de alguno que recién se iba, di por sentado que Sebastián debía haberse ido de vuelta a su casa. Lo llamé al celular un par de veces mientras tomaba un taxi, pero no contestó. Le dejé un mensaje de voz y esperé que me devolviera la llamada. Llegué a mi departamento hecho un desastre, por lo que tomé una ducha para despejar mi cabeza, comí algo y me entretuve viendo televisión y leyendo hasta bien entrada la tarde.

Alrededor de las siete de la noche recibí una llamada de la enamorada de Sebastián, quién desesperada preguntaba por él mientras decía que no contestaba su celular y que no había llegado a su casa la noche anterior. Le conté lo sucedido, me disculpé por dejarlo solo y no tardamos en juntarnos para evaluar qué haríamos para dar con él. Contactamos a sus padres y amigos, al no saber nada fuimos a la policía, al día siguiente publicamos un anuncio en los periódicos, y tras semanas sin noticia alguna comenzamos a visitar las morgues del país.

Han pasado casi tres meses desde que vi por última vez a Sebastián, y desde entonces no dejo de pensar que no debí perderlo de vista esa noche, y que por ello es mi culpa que haya desaparecido. Nadie sabe qué ha sucedido con él, no queda rastro alguno. Eso es lo peor que me ha pasado en una fiesta, perder a un amigo, literalmente. Ahora vete y déjame seguir tomando en paz.


Conocer el otro lado de una historia hace una diferencia increíble.

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Estas son las crónicas de un soñador empedernido que ha encontrado el significado último de las cosas por venir y que decide compartir su finito conocimiento para el bien de quien decida usarlo, si primero descubre cómo y en el tiempo suficiente como para que le sea útil. El único aviso es el siguiente: ¿De qué sirve mirar el futuro cuando el presente lo determina, y este, a su vez, es determinado por el pasado?