No era un árbol

Salieron de madrugada, con la luna aún en el cielo, dispuestos a hacer de este día el mejor de la temporada. Cruzaron los pantanos con no poco trabajo, pero una vez que los dejaron atrás el resto del camino fue mucho más ligero, tanto así que en menos de tres horas ya tenían un buen botín de diez aves diferentes. No conformes con eso, querían perfección, así que extendieron su recorrido poniendo como límite el oceáno.

Faltando un par de kilómetros para llegar a la playa, escucharon pisadas en los matorrales de enfrente y pronto vieron la majestuosa figura del cérvido. Portaba astas enormes, cuernos como ramas del árbol más tupido en existencia, un ciervo macho que no podría sentirse satisfecho con ser nombrado alfa o alfa prima o algún alfa que no lo posicionase como el animal por excelencia. Torció el cuello y les dirigió una mirada que pareció durar horas, una mirada que pesó en sus cuerpos y tocó sus almas. Instantes después desapareció.

Tres de los cazadores tomaron esta aparición como sagrada, como signo de que debían regresar al campamento y dar por terminado un día no perfecto pero sí muy bueno. Sin embargo, el cuarto tomó la presencia del ciervo como un reto, la presa ideal, la criatura que adornaría su sala y lo coronaría como cazador alfa entre cientos de cazadores alfa. Se vio reflejado en el animal, se sintió él por unos momentos y se decidió a matarlo, el único acto que lo haría elevarse por encima de aquél, lo único que demostraría que era el mejor y nada menos que eso. Se separó del grupo a pesar de los intentos por sacarle la estúpida idea de compararse con una bestia de la naturaleza y caminó hasta la playa. Nadie volvió a verlo. Se cuenta que un oso polar lo devoró.

El día perfecto será el último.

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