Sunday, May 31, 2009

En retrospectiva

Nos has matado, Rodrigo Díaz, y al hacerlo has muerto con nosotros.

Recuerdo sus palabras otra vez, como si dos días sin descanso no fuese suficiente para sentirme suficientemente culpable, o innecesariamente aterrado. He llegado a perdonarme a mí mismo el haberme presentado de esa manera, tras tantos años, pero me cuesta aceptar que haya habido alguna forma distinta de arreglar las cosas. Recuerdos sus palabras. Todavía tiemblo.

Este hombre a quien nunca había visto me sujetó de ambos brazos con fuerza y, quizás, con desesperación. Su mirada atacó la mía y pronunció las palabras como cuchillos, palabras que me convirtieron en este saco de inseguridades, en este cuerpo que se esconde y espera los últimos días, si no momentos, de su corta vida. Me encontró fuera del auditorio, escapando, sangrando, patético yo.

Tal vez debí haber hallado otro refugio, o tal vez nunca fue buena idea abalanzarme contra quien portaba la pistola, o  tal vez mi plan estaba destinado al fracaso desde el minuto en el que puse pie en ese auditorio. El asesino iba tras de mí, siguió mis pasos hasta el lugar y me tenía acorralado entre su arma y el resto de personas que asistían a la reunión. Cuando la bala penetró en mi hombro supe que ya nada sería igual.

En el momento que escuché el grito mis sentidos dejaron de responder, mi cabeza se hizo un lío entre la realidad y los recuerdos, las caras conocidas y esta gente que ahora me miraba como un fantasma. "¡Aquí está Rodrigo Díaz!," gritó un viejo amigo perdido por el tiempo con el que me topaba casi finalizando mi gran escape. Quise caminar a su lado esperando que no me reconociese, reírme en silencio de su ignorancia, pero el que no sabía nada era yo. El miedo que vino entonces me hizo correr al auditorio.

Vi la invitación en el periódico, meses antes. Mi primer pensamiento lo ocasionó el desinterés, y por varias semanas olvidé el asunto. Sin embargo, los días previos a la reunión, la curiosidad se hizo de fuerzas y venció a mi indecisión, por lo que me vi vistiéndome para este evento. El plan era entrar al lugar, dar unas vueltas sin hablar con nadie, tomar un par de tragos e irme tan silencioso como llegué. Las cosas cambiaron cuando la vi a ella, más vieja de lo que la recorbada, con ojos cansados, pero tan hermosa como nunca. Las cosas fueron en picada en ese preciso instante. Me acerqué, me presenté, me abrazó, me moría de miedo. Conversamos de los viejos tiempos en los que nunca estuvimos juntos, de las aventuras que jamás dijimos que tendríamos y de las pocas palabras que alguna vez cruzamos. Poco a poco fui entendiendo que no era solo yo el extraño, sino ella también. ¿Quién era esta mujer que conocí años atrás? Antes de caer en otro precipicio mental, me despedí y supe que no volvería a verla. Iniciaba mi gran escape.

Recuerdo sus palabras, las mismas que dijo ese hombre fuera del auditorio. Recuerdo el último brillo de sus ojos antes de apagarse, mis manos en su cuello, mi cabeza muy lejos. No debí haberla visitado. "Nos has matado, Rodrigo Díaz, y al hacerlo has muerto con nosotros". Es cuestión de tiempo antes de que me encuentren, muerto como estoy.

Los errores del pasado pertenecen al pasado.

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Estas son las crónicas de un soñador empedernido que ha encontrado el significado último de las cosas por venir y que decide compartir su finito conocimiento para el bien de quien decida usarlo, si primero descubre cómo y en el tiempo suficiente como para que le sea útil. El único aviso es el siguiente: ¿De qué sirve mirar el futuro cuando el presente lo determina, y este, a su vez, es determinado por el pasado?