Thursday, May 7, 2009

Chispazo de última mañana

El grupo expedicionario, ahora reducido a tres después de haber perdido cinco a manos de los aborígenes y a uno que reveló sus verdaderas intenciones al adelantarse e irse en medio de la noche anterior, acaba de encontrar la entrada a la cueva. El trío baja las escaleras de piedra rudimentariamente trabajada y se adentra por el estrecho pasadizo que exuda calor, lo cual es señal evidente no solo de que van por buen camino, sino también de que el volcán no se encuentra extinto como se les indico antes de iniciar la expedición. Enseguida llegan a una abertura en el pasadizo y descubren una antecámara por donde un río de magma corre por debajo del puente que deben cruzar si han de querer llegar al salón ubicado al otro lado. 

Pasado ese salón y otros cinco más un tanto más pequeños, el cuarto integrante, el que se adelantó, llega a la desgraciada conclusión de que su búsqueda ha llegado a un desastroso final, puesto que ha hallado lo que buscaba, los restos de una antigua civilización cuyo legado material no es otro que inmensas piedras de oro, pero la satisfacción de este hallazgo es inferiorizada por la realización de que el suelo por el que ahora camina comienza a desmoronarse, y el puente por el que llegó hasta aquí yace hundido en otro de esas corrientes de fuego líquido. Sin nada mejor qué hacer, insulta en voz alta a su empleador, quien nunca mencionó la existencia de un volcán. Qué desastre de trabajo.

El costo de la felicidad varía de acuerdo a la persona.

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Estas son las crónicas de un soñador empedernido que ha encontrado el significado último de las cosas por venir y que decide compartir su finito conocimiento para el bien de quien decida usarlo, si primero descubre cómo y en el tiempo suficiente como para que le sea útil. El único aviso es el siguiente: ¿De qué sirve mirar el futuro cuando el presente lo determina, y este, a su vez, es determinado por el pasado?