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Palabras perdidas

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Anoche volví a verte en mis sueños, allá a lo lejos, siempre distante, siempre indiferente. Pero esta vez la casualidad cruzó nuestros caminos y te vi llegar y tomar asiento a mi lado. No tuve más opción que tragar las palabras que tanto deseaba pronunciar ante tus miradas perdidas y la clara incomodidad que suponía encontrarnos después de tantos años, dejando que el familiar silencio ahogara nuestros pensamientos una vez más. Sin embargo, en medio de mis gritos silenciosos, descubrí que la casualidad nada tuvo que ver con este encuentro. En un pequeño pedazo de papel escribiste algo que no vi, lo doblaste en dos y, armada con tu usual confianza, te acercaste a mí y lo guardaste en el bolsillo de mi pantalón, tan sutilmente que quedé paralizado. Pronto volviste a alejarte; pronto volviste a desaparecer. Y fue entonces que desperté. Salté de la cama y comencé a buscar el papel en cada uno de mis pantalones, un papel que, sabía bien, no era más real que mi desesperado anhelo por halla...

Jugando a ser valiente

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Qué extraño placer al vernos jugar en casas abandonadas, en medio de esa silenciosa soledad nuestra, en espacios vacíos, viejos y sucios, rodeados por una oscuridad monótona que falla al intentar ahogarnos en ella. El juego es nuestro, y nuestro el deseo de imaginar misterios nuevos, el afán de descubrir pasadizos interminables con puertas que puedan llevarnos a una infinitud de lugares desconocidos y divertidos, sin importar cuánto miedo sintamos de dar la vuelta a cada esquina. Un agujero por ahí, una pequeña grieta por acá; un eco, a la distancia, alrededor; el polvo en los ojos; nuestros pasos apresurados; la elusiva salida; y un terror sin nombre. Ya a la deriva, ya sin ganas, ya no más. Y la oscuridad queda detrás. Algunas cosas es mejor dejar sin perturbar .

Me perdí buscándote

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Echo una mirada por la ventana del auto mientras aguardo la luz verde: dos chicos conversan fuera de una casa, un hombre lava su carro, una señora pasea a sus perros, los peatones cruzan la pista y los carros circulan ruidosamente. Pero en medio de la cotidianidad, avisto algo más, alguien camina de espaldas a mí meciendo el brazo con cada nuevo paso, totalmente ajeno al ajetreo de las calles.  Ese preciso momento, esa escena tan específica, ese lugar, esa persona, ese andar y ese mecer me hacen dar cuenta, sin que exista espacio alguno para la duda, que algo me falta o que tengo mucho de algo más. Es difícil ponerlo en palabras, una idea tan esquiva, pero de atreverme a darle sentido diría que se trata de algo así: he tomado muy en serio mi vida, y al hacerlo la he malgastado. Ese alguien soy yo, concluyo; el yo que pude ser; el yo que tomó decisiones diferentes, el yo que ahora deseo ser. Y aunque me esfuerzo por encontrar las ganas suficientes para abrir la puerta del...

Una escena

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En mi cabeza visualizo una escena. Es un momento de aparente tranquilidad, aunque en el fondo asediado por la angustia; un momento que sé con seguridad que acabará, pero sin idea alguna de cuándo. Lo que vendrá luego es un camino cuesta abajo, un descenso sin descanso hasta el fin. Por ello la valía de ese momento, por ello la necesidad de disfrutarlo y aferrarme a él como la última posible satisfacción. ¿Pero cómo aprehender dicho placer si lo único en lo que pienso es en cuánto tiempo puede quedarme? ¿Y si no consigo terminar lo que comience? ¿Y si el final me sorprende desprevenido? Sentado en la mesa de un bar, mirando la puerta de salida por el rabillo del ojo, doy con indiferencia un último sorbo a mi trago y espero. Solo espero. Pensar mucho y hacer poco no suele llevarnos muy lejos.

¿Cuánto dura un "para siempre"?

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La chica de los ojos verdes se ha ido para siempre. Por buscarla te perdiste entre tus sueños, quedaste enmarañado en las difusas imágenes que armaste de ella y olvidaste cómo ser quien alguna vez elegiste ser. Con la cabeza confundida y pasos a medio dar, deambulaste al lugar que juraste no volver, donde depositaste esa parte de ti que te mantenía en equilibrio con el mundo, y poco a poco te fuiste rindiendo, poco a poco fuiste aceptando esta nueva imagen de ti, a pesar de ser algo muy distinto al otro lado del espejo. Ahora sentado, ahora conforme, ahora con la lógica como escudo, te observo en pleno desgaste. Las capas que te componen se desgajan con cada palabra que escribes y dejan entrever a una persona que ha perdido la voluntad de pintar el mundo, su mundo, con el corazón; que masculla excusas para no levantar la mirada y con ella el ánimo. Te observo en pleno derretimiento y no siento pena. No siento pena porque sé que todo esto es parte de tu plan, tiene que serlo....

Neutral y despiadada

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A veces escucho decir que la vida es injusta, y a veces lo siento de primera mano. No importa cuán bueno seas, cuántos actos nobles realices, si eres solidario, si llevas una vida honesta, si tratas bien a los demás; la vida te considerará uno más del montón. Pero no hará esto por malicia, ni te recompensará en ocasiones por ser bondadosa. Como lo veo, la vida es totalmente imparcial y desinteresada, puede ayudarte o ahogarte según las circunstancias, y justamente por eso es también despiadada. No tiene compasión, y no hay razón para que la tenga, no está en su naturaleza intercerder por nadie, sólo es y no hay forma de cambiarla. Lo único en lo que podemos encontrar consuelo es que cada uno decide cómo aprovechar lo que recibe, cómo tomar las oportunidades o las durezas que se nos presentan. Y en base a nuestra actitud es que mejoramos o empeoramos nuestras propias vidas. La vida no es injusta, es indiferente.

Del corazón y del alma

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Por ahí dicen que el corazón tiene más agujeros de los que cualquiera podría concebir, y que cada uno de ellos es llenado con la esencia de personas significativas en nuestras vidas, tanto así que morir sería como extraviar el alma de aquellos que amamos. Dicen, también, que por esa razón uno vive en desesperación, vive buscando ser amado, pues así deja parte de sí en los demás, y su existencia se ve multiplicada, engrandecida casi; morir y dejar de uno mismo en otros es como ser inmortal. Dicen que el alma de los niños es roja y espesa, que suele ocupar más espacio que la de un hombre adulto, y que el niño interior del que todos hablan no es más que la acumulación de todas aquellas almas, eso a lo que llamamos sangre. Pero, ¿por qué? Algunos responden que el amor de los niños es más grandioso; otros, más seguros, descartan lo anterior y afirman que toda alma se torna roja, incluso las que en un inicio eran negras. También hablan del amor como el futuro de la humanidad, aque...