Porque con dos es suficiente

Es un silencio monstruoso que no dura más de un segundo, que se deja sentir con una intensidad mayor al ruido de mi vida, que se escapa. Lo noté por primera vez en la carretera, con el mar a un lado, cerros al otro y todo un camino recorrido por detrás; lo noté y desde entonces lo busco. Con la mirada perdida en las olas, sentí un pinchazo creado en medida justa para no sentir dolor, sólo satisfacción acompañada de un peso insostenible, satisfacción por ese insólito momento repleto de armonía, de una inmensidad indescriptible. La segunda fue hoy, y no por casualidad. Vi el silencio en rostros que conozco, lo vi y de inmediato supe que desde ese instante en adelante no volvería a estar más seguro de mi ignorancia. El pinchazo indoloro llegó para abrirme los ojos, para hacerme dar cuenta de lo que poco que sé, de lo poco que alguna vez conoceré y del gran vacío al que me arrimo sin vergüenza. Ya no habrá un tercer silencio, al menos no uno que pueda recordar. Por eso ahora vivo en el ruido, vivo para así escuchar más.

Aprender, aprender y nunca dejar de aprender.

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