No tengas miedo

En alguna parte de esta ciudad una persona acaba de morir, traicionada por una falsa esperanza y tres palabras de consuelo. Pienso en ella mientras camino de regreso a mi casa y lo sé, sin entender por qué, pero lo sé. Miro la acera, mis pies que se deslizan sobre ella, la luz de los faros que ilumina sus grietas; veo los rostros de aquellos que pasan a mi lado sin tener idea, tal vez sin querer tenerla. ¿Cuántos pies han tocado este preciso suelo? ¿Cuántos suelos han sido pisados por todos aquellos pies? ¿Por qué siquiera imaginarlo? Alguna vez caminó ella por aquí cuando aún vivía, y en ese u otro momento no pasó por su cabeza la idea de que yo, ahora, la estaría pensando y tratando de entender cómo es que sé de su muerte. Pero este saber es solo prestado, quizás hasta inventado, y mientras no esté seguro de qué sucedió con ella, la imagen de su cuerpo doblado en el asiento trasero de un taxi será sólo eso, una posibilidad en mil, una fantasía, la verdad para alguien más. Mejor será mezclarme con los rostros, ser uno más de aquellos que no saben nada, que prefieren no saber nada. Y vivir tranquilo en la ignorancia.


Sócrates lo dijo mejor que yo.

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